La conexión cubana

San Valentín, ¿aplica?

Y si, la vida es como una mariposa con hipo. Le cuento mi caso. Soy un argentino de 50 y pico de años (ponga  el número que le guste), casado, tres hijos,  desocupado desde hace varios años, otrora gerente de varias especialidades en empresas de importancia y hasta director de una ONG, empresario del rubro informático durante una década, sin estudios universitarios, sin idioma inglés. En  pocas palabras un inútil sin futuro.

Como Argentina es “el reino del revés” dentro del mundo, en el 2009, tan sorprendentemente próspero y prometedor, me inscribí en un portal de Internet para recibir newsletter´s (novedades) relacionados con solicitudes de puestos de alta dirección empresaria, con la esperanza que alguna Pyme (pequeña y mediana empresa) pudiera necesitar un ejecutivo no muy caro pero experimentado, aunque fuera un dinosaurio.

Cada semana, puntualmente, en una de mis casillas de correo de Internet, recibo las ofertas de trabajo, para distintos puestos con los requerimientos del mismo, casi todos fuera de mi perfil (personas menores de 40 años, con fluido dominio del inglés, con títulos universitarios, etc.); no obstante, de vez en cuando hago clic sobre el botón que dice “postularse”, casi como en broma hacia estos estructurados evaluadores, generalmente universitarios recién recibidos que rondan entre los 25 y 30 años para generarles algún tipo de sobresalto.

Hace un mes, entre la docena de puestos ofrecidos, hubo dos que llamaron mi atención y me postulé. Uno era como administrador de una ONG (organización no gubernamental, sin fines de lucro) y otro que solicitaba Gerente General con fuerte orientación comercial, para una empresa panameña que abría una sucursal en Cuba.

Antes de responder la segunda propuesta, dudé un poco, hice una evaluación afectiva. Seguro que mi mujer y mi hijo de 17 años no me iban a acompañar. Amigos: tres, que nos queremos pero, nos vemos un par de veces por año. El barrio, no es aquél donde nací ni donde me crié. Mi matrimonio (segundo), 28 años, totalmente amortizado. En resumen poco que perder y tal vez…

Lo cierto es que recibí por correo electrónico una invitación a una entrevista en una afamada consultora domiciliada en el exclusivo reducto de Puerto Madero para el día de siguiente a las 13, hora bastante inusual para una evaluación laboral.

Como siempre en estos casos (hacía bastante que no era citado ni para verme la cara) y dominado por el nerviosismo, hice una lista de tareas: Enviar el mejor traje a la tintorería, elegir camisa, corbata que combine (ni tan sobria que parezca de una funeraria, ni tan estridente que parezca un pendeviejo), elegir perfume (¿francés o americano?, medias y zapatos adecuados. Bolígrafo de primera calidad, porta tarjetas personales de cuero (regalo empresario de otras épocas),  peluquería temprano, ensayar diálogos creíbles, algún chiste sutil para matizar. No, éste no, es muy picante. No éste tampoco, es muy estúpido. Aquel del cura y el carajillo está bueno pero ¿Cómo era el remate? ¡Carajo! No lo recuerdo. ¿Será Alzheimer?

Dormí mal.  ¡No voy a bloquearme en la entrevista! Impaciente, por fin llega la hora, tan renuente cuando uno la espera.

Mi mujer me dice que estoy vestido para una boda. ¿Será un elogio o habré exagerado?  Subo al auto de alquiler (remis), por si me están observando. Sería feo llegar en un taxi o a pie. Tengo un nudo en el estómago, mis manos  transpiran. Debo serenarme. Recuerdo mi  técnica de control,  que repito durante el trayecto “Yo soy fuerte, yo soy valiente, yo salgo adelante, yo triunfo, yo venzo, yo gano, yo puedo y esto se da para mí en todos los órdenes”… ¿en realidad, puedo?

Cuando llegamos pago y  mientras subo al segundo piso del bloque de ladrillos rojos, me recuerdo mi frase de Perogrullo “Nunca hay una segunda oportunidad para dar una primera impresión”. Estoy más tranquilo, trato de lucir relajado cuando ingreso.

Tras una puerta de cristal, en una recepción lujosa, está la infaltable sonriente, joven, hermosa recepcionista – ¿quién dentro de la empresa le calentará la entrepierna?, ¿será hombre o mujer?– estos pensamientos transcurren mientras extraigo una tarjeta de mi lujoso portatarjetas y sonriendo le digo que estoy citado para las trece.

Ella mira una planilla y me indica que la licenciada Florio me espera en el Restó que hay en planta baja. La voy a identificar fácilmente porque está vestida con un traje color obispo y está sentada frente a una ventana que mira al Dock.

Me quedo bloqueado, ¿seguro que ésta es mi entrevista? –pregunto con sorpresa–. –Ella pone cara de yo no sé y toma un teléfono, hace la consulta pertinente y me confirma con la cabeza.

Desciendo por la escalera mientras pienso –estoy acabado. Al llegar al primer piso me miro en un espejo que me devuelve una imagen desencajada, una mirada febril.

– Estoy perdido, mejor me voy.  ¡No! Si llegué hasta aquí debo continuar. ¿Con qué? Meto la mano en el bolsillo y extraigo un  escuálido billete de cien pesos. Tarjeta de crédito no uso desde hace años. Es ridículo. Ni para la propina del mozo. ¡Qué papelón!

Llego a la calle y me enfrento con la puerta custodiada del Restó. Decido entrar y ensayo una excusa. ¡Deje la billetera en el estacionamiento! o ¡ya almorcé!

Me sobrepongo e ingreso con paso seguro el interior penumbroso, fresco y rumoroso del lugar. Se acerca el maitre, sobrio y ceremonioso para ofrecerme una mesa. Le informo que busco una señora con traje color obispo.

  • ¡Ah!. Sí, la licenciada Florio…acompáñeme por favor.

La mujer sentada junto a la ventana tiene, por supuesto, unas hermosas piernas, exhibidas como herramienta de laburo, la blusa con un descuidado botón desabrochado que permite ver un costoso corpiño de encaje,  sosteniendo unos considerables atributos. Mira hacia afuera distraídamente permitiendo que la observen. Su cabellera corta rojiza se mueve suelta cuando vuelve la mirada hacia mí. Sus ojos grises me escrutan con interés, neutros…

versión completa 25 páginas formato PDF. Envio gratis.

 

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