La Secta

La reunión de los viernes

Todos los viernes, al caer la tarde, se congregan un grupo heterogéneo de hombres, todos mayores de cincuenta años, en la antigua librería de Juanjo, ubicada en el centro de Buenos Aires.
Libros viejos, hombres viejos, cargados de historias los libros, cargados de soledad, de vicios, de historietas, los hombres. Los que van llegando, dejan paquetes de provisiones en la trastienda. Vinos, whisky, vodka, tequila, pan, quesos fuertes (Fontina, Roquefort, Gruyere), salamines y longaniza, aceitunas verdes y negras. Nueces, almendras, turrones blandos e higos secos completan el menú. Hay dos pequeñas mesas en el local que están siempre dispuestas para una partida de ajedrez en una, y en la otra una caja de madera conteniendo unas antiguas y gastadas piezas de dominó. Juanjo acostumbra invitar a los ocasionales clientes a jugar una partida. Mientras esperan la llegada de la hora de cierre se arman los grupos de los seguidores del ajedrez y del dominó. Alguien se detiene en el anaquel de las novedades y en el de las ofertas de la librería y lee con esmero las contratapas de los libros más destacados. Algunos de estos hombres son casados, los hay viudos y también divorciados y un solitario solterón amanerado.
El primero en llegar es Juan Carlos el ordenanza. Juan Carlos, típico mandadero de oficina de unos 50 años, simpaticón, conocedor de “la calle” y sus canchereadas, alto, flaco de bigotes medianos, risa fácil y dientes superiores centrales separados, característica típica de los tipos falsos. Siempre le toman todos sus dichos con “pinzas”, creyendo la mitad de la mitad de sus apreciaciones, siempre dispuesto a la conversación y a la discusión. Conocedor de cuanto tema se trate. Inapreciable en toda conversación al pedo que uno encare. Animador de velorios, motivador de aburridos y depresivos, cuentero de vocación; su aspecto personal deja bastante que desear. Siempre el mismo traje gris raído, los mismos zapatos marrones cuarteados, las mismas 2 corbatas que alterna, regalo de un jefe piadoso y eso sí camisas limpias, arrugadas pero limpias. Vive en el Sur, en el suburbio de Temperley, a veinte cuadras de la estación ferroviaria, donde comparte con su mujer, su suegra y dos hijos ya grandes, una casa vieja en cuya terraza él despunta unos de sus “vicios”. En un vivero, donde “cría” plantas y lombrices en cuanto recipiente encuentra, latas, plásticos, cerámica. Cajones de madera. Tiene una excelente mano y de semillas o gajos él obtiene la materia prima que luego trabaja hasta convertir las plantas en Bonsai que, cuando están listas, vende para obtener un recurso extra a su magro sueldo de ordenanza. La terraza es su refugio de lo cotidiano y del grupo familiar que lo tienen segregado y valorizado como un fracasado. Allí con sus manos y sin gastar un peso, él promueve y modela la naturaleza vegetal. Las lombrices que se crían en un tambor especial que contiene tierra y restos de basura orgánica familiar, en realidad las utiliza para que en cada recipiente oxigenen la tierra y generen abono para las plantas. La tierra la obtiene en el barrio, de las excavaciones que hacen vecinos para reformas o construcciones de viviendas. Una de sus obsesiones y pesadillas recurrentes y porque no, una fantasía maleva es que un día por efecto de la acumulación de tierra en la terraza ésta se derrumbe y sepulte a su mujer y a su suegra y lo encierren por doble asesinato premeditado. Cuando piensa en los hijos se asusta un poco… pero sigue trayendo tierra. Las semillas las consigue de los parques y jardines. En sus recorridas laborales, siempre recoge de los parques semillas para sus siembras. Si uno le pregunta que tiene en sus bolsillos, seguro que encontrará un boleto de tren, unas monedas, semillas varias, un bolígrafo y un trozo de papel para atender otro de sus hobbies. El tipo es cultor de una de las más raras variantes literarias. Se trata de los palíndromos. Tiene la curiosa costumbre literaria de buscar palabras o frases que tengan significado cierto leídas tanto de izquierda a derecha como de derecha a izquierda. Las colecciona como quien colecciona boletos capicúas y cada vez que su mente descubre algo, se detiene, esté donde esté o con quien esté, saca su trozo de papel y el bolígrafo y escribe el hallazgo. Esto le ha generado rechazos y aprecios. Sus compañeros de oficina dicen que está medio “tocado”, pero uno lo puede encontrar en cualquier esquina dialogando con personas encumbradas haciendo intercambio de palíndromos e incluso sentado en lujosos bares compartiendo una bebida que, es bien sabido, él no puede pagarse, acompañado por hombres y mujeres que disfrutan de sus charlas. Llega antes de las 6 de la tarde y con toda confianza se dirige a la cocina y prepara unos mates amargos para matizar la espera. También una jarra térmica de café. Es su trabajo. No le cuesta mucho trabajo organizar la recepción del resto.
El que llega a continuación es…
Versión completa 10 páginas A4 formato PDF. Solicita el envío de la versión completa al e-mail jorjowainot@gmail.com